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Aurora & Diego — Une boda para bailar, compartir y celebrar en Vilamarxant


Menos protocolo, más fiesta


Hay bodas que parecen estar pensadas para seguir una lista.

La ceremonia.

El cóctel.

Las fotos de grupo.

El banquete.

La tarta.

El ramo.

El primer baile.

Y después, la fiesta.

Y luego hay bodas que simplemente suceden. Bodas en las que lo importante no es cumplir con cada uno de los rituales tradicionales, sino reunir a las personas que quieres, comer juntos, hablar durante horas, bailar hasta que duelan los pies y crear un día que tenga sentido para vosotros.

La boda de Aurora y Diego fue exactamente eso. Una boda para estar juntos. Para bailar. Para compartir. Y para disfrutar de la gente que había viajado desde lejos para celebrar con ellos.



De Quebec a Vilamarxant


Aurora y Diego viven en Quebec, pero decidieron casarse en Vilamarxant, en la finca familiar que pertenece al padre de Aurora.

Y creo que esta elección dice mucho sobre ellos.

No buscaban simplemente un lugar bonito para celebrar su boda. Querían un lugar que formara parte de su historia.

Una finca familiar tiene algo que difícilmente puede reproducir un espacio de eventos convencional. Hay recuerdos, rincones conocidos, objetos que tienen una historia y, sobre todo, una sensación de estar en casa.

Y ese ambiente se notaba desde el principio.

La finca se convirtió durante unas horas en un punto de encuentro entre amigos y familiares llegados de diferentes lugares. Personas que quizás no se habían visto en mucho tiempo, otras que se conocían por primera vez y, poco a poco, una misma celebración que los fue reuniendo a todos.



Una ceremonia laica llena de emoción


Y, sin embargo, que una boda sea relajada y festiva no significa que no pueda ser profundamente emocional.

La ceremonia de Aurora y Diego fue probablemente uno de los momentos más intensos del día.

Una ceremonia laica, personal, llena de historias y anécdotas compartidas por amigos y familiares.

Alguien empezaba a hablar.

Todos reían.

Y unos segundos después, alguien lloraba.

Después otro.

Y otro.

Hasta que prácticamente todo el mundo estaba emocionado.

No era una emoción construida para la fotografía.

Era una emoción que ya estaba allí.

Y eso es algo que me encanta fotografiar.



Fotografiar sin una lista de momentos obligatorios


Aurora y Diego no me dieron una lista de fotografías que querían.

No había una serie de imágenes obligatorias que tuviera que reproducir.

Su única indicación fue, básicamente:

estar presente, hacer fotografías creativas y documentar el momento.

Y para mí, eso es exactamente lo que hace que una boda sea interesante de fotografiar.

Porque cuando no tengo que estar pendiente constantemente de reproducir una lista, puedo concentrarme en lo que realmente está sucediendo.

Puedo observar.

Puedo esperar.

Puedo moverme.

Puedo buscar otra perspectiva.

Puedo utilizar el movimiento de los bailarines, el flash, la luz de la finca, una sombra, una conversación, un gesto.

Puedo hacer una fotografía técnicamente imperfecta si esa imperfección transmite mejor lo que estaba pasando.

Y, sobre todo, puedo fotografiar las cosas que no estaban previstas.



Una boda alrededor de la danza


Si hay algo que define a Aurora y Diego, además de su relación, es la danza.

Son bailarines aficionados, pero cuando los ves bailar cuesta mucho utilizar la palabra «aficionados».

Swing, blues, Lindy Hop...

La pista de baile era prácticamente una extensión natural de ellos.

Por eso tenía todo el sentido que la música y el baile fueran uno de los grandes protagonistas de la boda. Un grupo de jazz tocando en directo, los invitados bailando y, en medio de todo, Aurora y Diego disfrutando de algo que forma parte de su vida cotidiana.

Y esto es precisamente lo que me gusta de este tipo de bodas: no hace falta inventar una actividad para entretener a los invitados cuando la pareja ya ha construido una celebración alrededor de algo que realmente le apasiona.

No había que organizar una animación.

No había que crear un momento artificial.

Simplemente había música, gente y ganas de bailar.

Y eso fue suficiente.



Una paella al fuego, alrededor de una mesa


La comida seguía exactamente la misma filosofía.

El plato principal fue una paella valenciana cocinada al fuego de leña.

Sin complicaciones innecesarias.

Una gran paella, hecha allí mismo, para compartir.

Y de nuevo, más que el plato en sí, lo interesante era lo que sucedía alrededor.

Personas sentadas juntas. Conversaciones que se alargan. Copas que se rellenan. Gente que se levanta, vuelve a sentarse, cambia de mesa y acaba hablando con alguien que no conocía unas horas antes.

Porque al final, una boda también es eso.

Crear un espacio donde las personas puedan encontrarse.

No hubo una gran preocupación por reproducir todos los rituales habituales.

No hubo corte de tarta.

No hubo lanzamiento del ramo.

No hubo una larga lista de tradiciones que había que cumplir porque «en una boda se hace así».

Y no faltó absolutamente nada.

Al contrario.

Todo parecía tener más espacio para respirar.



La fotografía de bodas como experiencia


Cada vez me interesa menos la idea de fotografiar una boda como una sucesión de momentos importantes.

Porque una boda no está formada solamente por la ceremonia, los retratos y el banquete.

Está formada por todo lo que ocurre entre esos momentos.

La persona que abraza a un amigo después de diez años sin verlo.

La amiga que ayuda a otra a arreglarse el vestido.

Dos personas que empiezan a bailar mientras nadie las está mirando.

Una conversación en un rincón.

Una carcajada.

Un momento de silencio.

Una copa derramada.

Un baile completamente descontrolado.

Una mirada entre los novios cuando creen que nadie está mirando.

Eso también es la boda.

Y muchas veces, para mí, es ahí donde están las fotografías más importantes.



Una boda no tiene que parecerse a ninguna otra


Creo que Aurora y Diego entendieron muy bien algo que cada vez veo más en las parejas que fotografío:

una boda no tiene por qué parecerse a una boda.

Puede parecerse a vosotros.

A vuestra manera de estar juntos.

A vuestros amigos.

A vuestra familia.

A las cosas que os gustan.

A la música que escucháis.

A la comida que queréis compartir.

A la forma en la que celebráis.

Y si sois bailarines, quizá vuestra boda tenga una pista de baile en el centro de todo.

Si os encanta cocinar, quizá la comida sea el corazón del día.

Si sois unos apasionados de la música, quizá haya un concierto.

Si simplemente queréis reunir a 50 personas que queréis y pasar 12 horas juntos, quizá eso sea suficiente.

No hay una fórmula correcta.



Fotografiar lo que se siente


Creo que esta es la parte de la fotografía de bodas que más me interesa.

No quiero únicamente crear fotografías que muestren cómo era la boda.

Quiero crear fotografías que hagan recordar cómo se sentía estar allí.

Que diez años después, Aurora y Diego puedan mirar una fotografía y no pensar solamente:

«Ah, sí. Esta fue la cena.»

Sino:

«Dios, mira a nuestros amigos. Mira cómo estábamos todos. ¿Te acuerdas de esta noche?»

Ese es el tipo de fotografía que busco.

Una fotografía un poco documental, un poco editorial, a veces caótica, a veces íntima, a veces divertida.

Una fotografía que deja espacio a lo inesperado.

Y, sobre todo, una fotografía que permite a las parejas vivir su boda en lugar de pasar el día intentando crear fotografías de su boda.

La boda de Aurora y Diego fue exactamente eso.

Una finca familiar en Villamarchante.Una paella al fuego.Jazz.Swing.Blues.Lindy Hop.Amigos.Familia.Muchas lágrimas.Muchas risas.Y una pista de baile que acabó siendo, probablemente, el lugar donde más claramente se podía entender quiénes son.

Una boda sin demasiados protocolos, pero llena de vida.

Y, para mí, de eso se trata fotografiar una boda.

Estar presente, mirar y dejar que la historia suceda.



 
 
 

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