¿Por qué utilizo dos objetivos para contar una boda? La magia del gran angular y del 85 mm
- Guillaume Lemarie Photographe
- hace 9 horas
- 4 min de lectura
Una boda no se recuerda solo por cómo se veía, sino por cómo se sintió.
Cuando fotografío una boda no pienso únicamente en hacer imágenes bonitas. Mi objetivo es que, dentro de diez o veinte años, los novios puedan volver a sentir exactamente lo que vivieron.
Por eso mi forma de trabajar gira alrededor de dos objetivos que utilizo constantemente durante toda la jornada.
Por un lado, un Canon 16-35 mm f/2.8, con el que realizo gran parte del reportaje documental. Por otro, un Canon 85 mm f/1.8, que utilizo cuando quiero aislar una emoción, una mirada o un gesto íntimo.
No son simplemente dos distancias focales diferentes. Son dos formas completamente distintas de contar una historia.
La boda de Melanie y Almudena, celebrada en Valencia, fue un ejemplo perfecto de esta filosofía.
Después de la ceremonia realizamos una sesión en los preciosos Jardines de Monforte, antes de dirigirnos a la celebración en El Sequer Lo Blanch, en Alboraia.
Fue un día donde pude alternar constantemente entre ambas formas de fotografiar.
El gran angular: cuando el espectador forma parte de la escena
Existe una palabra que utilizo mucho para definir mi fotografía: inmersiva.
Cuando observo una fotografía quiero sentir que estoy allí.
Quiero escuchar las risas.
Sentir el calor del verano.
Percibir el movimiento de los invitados.
Eso es precisamente lo que consigo trabajando entre 23 y 27 mm.
Muchos fotógrafos utilizan teleobjetivos para mantenerse lejos de la acción.
Yo hago exactamente lo contrario.
Me acerco.
Muchísimo.
Y esa proximidad cambia completamente la forma en la que el espectador vive la fotografía.
En lugar de observar la escena desde fuera, tiene la sensación de estar dentro de ella.
La profundidad que hace que las imágenes cobren vida
Hay algo que muchos clientes comentan cuando ven mis fotografías.
Dicen que las personas parecen "salir de la imagen".
Es una sensación difícil de explicar técnicamente, pero muy fácil de percibir.
El gran angular no crea esta sensación por sí solo.
Lo consigue gracias a varios elementos que trabajan juntos.
La cercanía con las personas.
La perspectiva.
Las diferentes capas que aparecen en la escena.
Los invitados.
Los árboles.
La arquitectura.
La luz.
Todo ello genera una imagen con mucha profundidad.
No es un fondo completamente desenfocado.
Es un espacio que sigue existiendo.
Y precisamente por eso el cerebro percibe la fotografía casi como si fuera tridimensional.
Cuando Melanie y Almudena salieron de la ceremonia rodeadas por sus familiares y amigos, decidí acercarme con el 16-35 mm.
No quería fotografiar únicamente a las novias.
Quería fotografiar la emoción compartida.
Las risas.
Las miradas.
Los abrazos.
El humo de la celebración.
Los invitados.
Todo forma parte del recuerdo.
Y eso solo puede conseguirse cuando el entorno también cuenta la historia.
El entorno también es un personaje
En una boda no solo importan las personas.
También importa el lugar donde ocurre todo.
Los Jardines de Monforte son uno de esos espacios capaces de aportar una atmósfera muy especial.
Los senderos rodeados de vegetación.
Los cipreses.
La luz filtrándose entre los árboles.
Las sombras.
Todo ello crea profundidad de forma natural.
Cuando utilizo el gran angular intento precisamente aprovechar todos esos elementos para construir imágenes donde el espacio tenga tanto protagonismo como las personas.
Porque años después, no solo recordarán cómo iban vestidos.
También recordarán cómo era aquel lugar donde comenzaron una nueva etapa de su vida.
El 85 mm: cuando solo existe la emoción
Después llega otro momento completamente diferente.
Cuando termina el reportaje documental suelo cambiar al Canon 85 mm f/1.8.
Es un objetivo mucho más íntimo.
Mucho más silencioso.
Mucho más emocional.
Si el gran angular invita al espectador a entrar en la escena, el 85 mm hace justo lo contrario.
Elimina todo lo que sobra.
Solo permanecen las personas.
Sus miradas.
Sus manos.
Los pequeños gestos que muchas veces pasan desapercibidos durante la boda.
Una fotografía más pausada
Durante la sesión en los Jardines de Monforte buscábamos precisamente esa tranquilidad.
Después de toda la intensidad de la ceremonia, Melanie y Almudena pudieron disfrutar de unos minutos para ellas solas.
No había prisas.
No había invitados.
Solo ellas dos.
Con el 85 mm el fondo desaparece suavemente.
Las flores se convierten en manchas de color.
Los árboles pasan a ser únicamente una atmósfera.
Toda la atención recae sobre las expresiones.
Sobre una sonrisa.
Sobre un roce.
Sobre una mirada.
Son fotografías completamente distintas.
Y precisamente por eso me gusta combinarlas durante una misma boda.
Dos maneras de contar el mismo recuerdo
Muchas veces me preguntan cuál de los dos objetivos prefiero.
La respuesta es muy sencilla.
Ninguno.
Porque ambos cuentan partes diferentes de la misma historia.
El gran angular responde a la pregunta:
¿Cómo fue vivir ese momento?
El 85 mm responde a otra completamente distinta:
¿Cómo se sintió ese momento?
Y una boda necesita ambas respuestas.
Necesita imágenes llenas de contexto.
Pero también necesita fotografías íntimas que detengan el tiempo.

Una fotografía cinematográfica no depende del desenfoque
Cuando hablo de un estilo cinematográfico no me refiero únicamente a los colores o al desenfoque del fondo.
Para mí, el cine consiste en hacer que una imagen tenga narrativa.
Que parezca un fotograma.
Que invite a imaginar qué ocurrió unos segundos antes y qué ocurrió después.
Por eso busco constantemente diferentes planos dentro de la escena.
Primer plano.
Plano principal.
Fondo.
Movimiento.
Luz.
Todo ello ayuda a construir imágenes que transmiten profundidad y vida.
Y cuando llega el momento más íntimo, el 85 mm toma el relevo para centrar toda la atención en la emoción.
Valencia, un escenario perfecto para contar historias
La boda de Melanie y Almudena fue un magnífico ejemplo de cómo un mismo día puede ofrecer registros completamente distintos.
La elegancia de los Jardines de Monforte permitió crear retratos llenos de calma y romanticismo.
Más tarde, la celebración en El Sequer Lo Blanch, en Alboraia, volvió a llenarse de abrazos, risas y momentos espontáneos donde el gran angular recuperó todo su protagonismo.
Ese equilibrio entre emoción íntima y energía documental es precisamente lo que más me gusta fotografiar.
Mi forma de entender la fotografía de bodas
Cada fotógrafo desarrolla con el tiempo una manera personal de contar las historias.
La mía consiste en combinar dos miradas.
Una que te hace sentir que estabas allí.
Y otra que te permite detenerte en las emociones más pequeñas.
Porque una boda no solo merece fotografías bonitas.
Merece imágenes que, dentro de muchos años, sean capaces de transportarte exactamente al instante en que todo ocurrió.
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